Werwolf

"Sehen wir uns ins Gesicht. Wir sind Hyperboreer". Nietzsche

Thursday, May 11, 2006

Hitler mi amigo de juventud IV


IV LA IMAGEN DE LA MADRE

Sólo existe una, pero ésta hace innecesarios todos los demás retratos, ya que expresa la esencia de aquella mujer silenciosa y modesta a la que yo adoraba, mucho mejor que una docena de fotografías tomadas al azar. Vemos ante nosotros la imagen de una mujer joven de rasgos sorprendentemente regulares. Pero se adivina ya una oculta sombra de dolor en torno a aquella boca de labios firmemente apretados a los cuales les resulta difícil esbozar una sonrisa. Los ojos claros y de mirada, quizá, demasiado fija dominan por completo aquel rostro de expresión grave.
Clara Hitler tenía ya cuarenta y cinco años cuando yo conocí a la familia, y había quedado viuda dos años antes. Pero sus rasgos no habían cambiado esencialmente de los que se reflejan en aquel retrato fotográfico. Sólo que el dolor se adivinaba ahora con mayor claridad y tenía el pelo gris. Pero Clara Hitler siguió siendo una mujer hermosa hasta su muerte. El dolor acusaba más esta belleza. Siempre que la veía sentía yo, no sé exactamente por qué, compasión hacia ella y me veía impulsado a hacer algo que pudiera agradarle. Se alegraba de que Adolf hubiese encontrado un amigo con el cual congeniaba y en el que poder confiar plenamente. La señora Hitler me tenía mucho aprecio por este motivo. ¡Cuántas veces me confesó las preocupaciones que le deparaba Adolf! Confiaba en haber encontrado en mí una valiosa ayuda para que el hijo caminara por los cauces que había deseado su padre. No quedaba otro remedio que desengañarla en este sentido. Pero no me lo tomaba a mal puesto que seguramente sospechaba que las causas del comportamiento de Adolf eran mucho más profundas y estaban más allá de mis posibilidades de influencia.
A no tardar, cada uno de nosotros dos había tomado pie en la familia del otro. Adolf era con frecuencia nuestro invitado y yo también me sentía muy a gusto en su casa, y la señora Hitler jamás insistía en que les volviera a visitar cuando me despedía de ellos. Me consideraba miembro de aquella familia, pues que no había otras personas que la frecuentaran.
Con frecuencia, cuando terminaba el trabajo en el taller antes de que de costumbre, me lavaba rápidamente, me vestía y corría luego a la Humboldtstraße. La casa número 31 era una casa de tres pisos que no se puede decir fuese fea. La familia Hitler vivía en el tercer piso. Subía corriendo las escaleras. Llamaba a la puerta. La propia señora Hitler me abría y me saludaba amablemente. Esta amabilidad, que salía de su corazón, parecía iluminar en cierto modo aquel dolor soportado en silencio que se adivinaba en sus rasgos. Me alegraba cada vez que la veía sonreír.
Veo con toda claridad aquella sencilla vivienda en mi imaginación. La pequeña cocina, con los muebles pintados de verde, poseía una sola ventana que daba a un patio. La sala de estar, con sus dos pequeñas camas en las que dormían la madre y la pequeña Paula, daban a la calle. De una de las paredes colgaba el retrato del padre, un rostro expresivo y consciente de sí mismo, típico del funcionario, cuya expresión un tanto severa quedaba suavizada por la bien cuidada barba. En el gabinete, al que se llegaba desde el dormitorio, dormía y estudiaba Adolf.
Paula, la pequeña hermana de Adolf, tenía, cuando yo conocí a la familia, nueve años de edad. Era una niña silenciosa, muy reservada, bonita, pero no se parecía en modo alguno a la madre ni tampoco a Adolf. Rara vez la veía contenta y alegre. Congeniábamos bien. Pero Adolf apenas prestaba atención a su hermana. Esto se debía, sobre todo, a la diferencia de edad, que excluía por completo a Paula de su campo de acción. La llamaba “la pequeña”. Paula ha quedado soltera y vive actualmente en Königssee, cerca de Berchtesgaden.
Conocí también en el seno de la familia Hitler a una mujer de algo más de veinte años de edad, de bonito cuerpo, casada, llamada Angela, que de momento no logré incluir en aquella familia a pesar de que llamaba a la señora Clara Hitler “madre” al igual que la pequeña Paula. Esto me confundía enormemente y no fue hasta más tarde que encontré la solución a aquel enigma. Angela, que había nacido el 28 de Julio de 1883, era, por lo tanto, seis años mayor que
Adolf e hija del anterior matrimonio del padre. Su madre, Franziska Matzelsberger, había muerto al año de su nacimiento. Cinco meses más tarde el padre se había vuelto a casar, esta vez con Clara Pölzl. Angela, que no poseía el menor recuerdo de su madre verdadera, consideraba a Clara como su madre. En el mes de Septiembre del año 1903, o sea un año antes de trabar conocimiento con Adolf, se había casado con el funcionario de Hacienda Raubal. Vivían muy cerca de allí, en la posada “Zum Waldhorn”, en la Bürgerstraße. Visitaba con suma frecuencia a su madrastra, pero jamás en compañía de su esposo. No conocí a Raubal. En contraste con la señora Hitler, era Angela una persona alegre y siempre divertida que reía a gusto. Era ella la que animaba a la familia. Con su rostro de rasgos regulares, el hermoso pelo peinado en largas trenzas y tan oscuro como el de Adolf, era una mujer por demás hermosa. Por boca de Adolf y también por lo que su madre me contó en secreto, me enteré de que Raubal era un alcohólico. Adolf le odiaba. En Raubal se concentraba todo aquello que él odiaba en un hombre. Siempre estaba en la posada, bebía y fumaba, se jugaba su dinero y, además: era funcionario. Para mal mayor, se sentía impulsado a representar el punto de vista de su suegro e insistía cerca de Adolf de que también éste siguiera la carrera de funcionario. No hacía falta nada más para que Adolf se sintiera por completo desligado de él. Cuando Adolf hablaba de Raubal, su rostro adquiría una expresión de viva amenaza. Tal vez fuera este odio tan manifiesto que sentía Adolf contra el marido de su hermanastra el motivo de que Raubal jamás se dejara ver en la Humboldtstraße. Cuando Raubal murió, pocos años después de haberse casado con Angela, las relaciones entre los dos hombres hacía ya tiempo se habían roto de un modo definitivo. Angela se casó años más tarde con un arquitecto de Dresden. Todavía poseo una tarjeta postal que me mandó desde Bayreuth. Murió en el año 1949 en Munich.
Adolf me informó que del segundo matrimonio de su padre existía también un hijo llamado Alois que había pasado igualmente su infancia en el seno de la familia Hitler, pero que durante la estancia de ésta en Lambach habíase luego independizado. Este hermanastro de Adolf, que nació el 13 de Diciembre de 1882 en Braunau, era siete años mayor que Adolf. Cuando el padre vivía todavía, había estado varias veces en Leonding, tal como me contó Adolf. Pero no recuerdo haberle visto por la Humboldtstraße. En la vida de Adolf jamás representó el hermanastro Alois un papel muy importante. Por su parte, tampoco Alois se interesó jamás por la carrera política de Adolf. Vivió en París, en Viena y también en Berlín. Hoy se ha instalado definitivamente en Hamburgo. Del primer matrimonio de este hermanastro de Adolf con una holandesa, desciende aquel William Patrick Hitler que en el mes de Agosto de 1939 publicó el escrito : “Mon oncle Adolphe”, en tanto que el hijo de su segundo matrimonio, Heinz Hitler, murió en el campo de batalla del Este como oficial.
Expongo estos detalles sobre la familia Hitler, que van más allá de mis recuerdos personales, sólo porque lo considero necesario para completar el cuadro y por haber tenido ocasión de estudiar los documentos en cuestión.
Aun cuando la señora Hitler sólo hablaba muy a disgusto de sí misma y de sus preocupaciones, se sentía empero aliviada cuando podían confiarme todas las preocupaciones que sentía por Adolf. Las manifestaciones evasivas, que para la madre no tenían ningún significado, que hacía Adolf con respecto a su futuro como artista, no podían satisfacer en modo alguno a aquéllas. Las preocupaciones por el bienestar y el futuro del único de sus hijos que había quedado con vida ensombrecían cada vez más la expresión de su rostro. ¡Cuántas veces nos sentamos ella, Adolf y yo en la pequeña cocina! “Nuestro buen padre no encuentra descanso en su tumba —solía decirle a Adolf—, porque tú no tienes la menor intención de hacer lo que él tanto deseaba. La obediencia es lo fundamental de un buen hijo. Pero tú no lo crees así. Por este motivo tampoco has adelantado en la escuela y no tienes suerte en la vida.”
Paulatinamente fui comprendiendo mejor el dolor que dominaba a aquella mujer. Jamás se lamentaba de su suerte. Pero con frecuencia me hablaba de la juventud tan dura que había tenido.
En parte por mis propias experiencias y en parte por los relatos de los miembros de la familia conocí las relaciones en la misma. En ocasiones se hablaba también de los parientes que vivían en el Waldviertel, un contraste muy notable con otras familias de funcionarios austríacos que tenían parientes en otras numerosas provincias. Sólo más tarde supe que las líneas paterna y materna de Hitler ya en la segunda generación se unían, de modo que, efectivamente, para él a partir del abuelo se trataba de una sola familia. Recuerdo que Adolf visitó en cierta ocasión a sus familiares en el Waldviertel. Otra vez me mandó una tarjeta postal desde Weitra, que se halla en la región de Waldviertel, lindante con Bohemia. No recuerdo ya lo que le llevó allí. Tampoco solía hablar de sus parientes y se limitó a describirme la región: un país pobre que se halla en vivo contraste con la región tan fructífera de las márgenes del Danubio. Aquel país pobre y austero era la parte de sus antepasados, tanto por línea materna como paterna.
Los datos que hacen referencia a la señora Clara Hitler, nacida Pölzl, han sido confirmados plenamente. Nació el 12 de Agosto de 1860 en Spital, una pobre región de Waldviertel. Su padre, Johann Baptist Pölzl, era un sencillo campesino; su madre, Johanna Pölzl, una nacida Hüttler.
La ortografía del nombre Hitler varía en los diversos documentos. Encontramos tanto la forma Hiedler como Hüttler, en tanto que el nombre de Hitler aparece sólo con el padre de Adolf.
Aquella Johanna Hüttler, la abuela de Adolf por línea materna, era hija de Johann Nepomuk Hiedler; por consiguiente, Clara Pölzl estaba emparentada con la familia Hüttler-Hiedler. Johann Nepomuk Hiedler era el hermano de Johann Georg Hiedler, que en el registro de bautizos de Döllersheim aparece reseñado como primo del padre de Adolf. Clara Pölzl era, por consiguiente, sobrina en segundo grado de su esposo. Mientras no fue su esposa, Alois Hitler la llamaba simplemente su sobrina.
Clara Pölzl pasó una juventud pobre en casa de sus padres de tan numerosa familia. Con frecuencia me hablaba de sus hermanos. Clara era de las más jóvenes en aquella familia de doce hijos. A menudo me hablaba también de su hermana Johanna. Cuando murieron sus padres, la tía Johanna se preocupó en muchas ocasiones de Adolf. Otra hermana de Clara, Amalia, la conocí más tarde.
En el año 1875, cuando Clara Pölzl hubo cumplido los quince años, la llamó a su casa el aduanero Alois Schicklgruber en Braunau para que ayudara a su esposa en las labores de la casa. Alois Schicklgruber, que no adoptó hasta el año siguiente el nombre de Hiedler, que luego transformó en Hitler, estaba casado por aquel entonces con la señora Anna Glasl-Hörer. Este primer matrimonio de Alois Hitler con aquella mujer que le llevaba catorce años no tuvo descendencia y finalmente obtuvieron la separación. Cuando murió su esposa en el año 1883, Alois Hitler se casó con Franziska Matzelberger, una mujer que tenía veinticuatro años menos que él. De este matrimonio proceden los dos hermanastros de Adolf, Alois y Angela. Clara había prestado sus servicios en la casa de Alois Hitler cuando éste estaba casado y luego separado de su primera mujer. Cuando Alois Hitler se volvió a casar por segunda vez abandonó la casa y se fue a Viena. Pero cuando Franziska, la segunda mujer de Alois Hitler, enfermó gravemente después del nacimiento de su segundo hijo, Alois Hitler volvió a llamar a su sobrina a Braunau. Franziska murió el 10 de Agosto de 1884 después de apenas dos años de casada. (Alois, el primer hijo de este matrimonio había nacido antes de que contrajesen matrimonio y luego fue adoptado por el padre) El 7 de Enero de 1885, medio año después de la muerte de su segunda esposa, se casó Alois Hitler con su sobrina Clara, que ya esperaba un hijo de él, Gustav, que nació el 17 de Mayo de 1885, o sea, a los cinco meses de estar casados y que murió el 9 de Diciembre de 1887.
Aun cuando Clara Pölzl era sólo sobrina en segundo grado, necesitaron ambos una dispensa eclesiástica para poder contraer matrimonio. Esta instancia, redactada con la clara y limpia escritura del funcionario real imperial en el Archivo episcopal de Linz con la cifra de registro 6. 911/II/2 1884, dice lo siguiente:
Solicitud de Alois Hitler y su novia Clara Pölzl con el fin de obtener el permiso para contraer matrimonio.

“Eminencia:
“Los abajo firmantes están decididos a casarse. Pero a tenor del árbol genealógico que se adjunta se presenta el obstáculo canónico del parentesco en tercer grado lindante con el segundo. Por este motivo dirigen el humilde ruego de que su Eminencia tenga a bien concederles la dispensa y esto por los siguientes motivos:
“El novio es según partida de defunción del 10 de Agosto de este año, viudo y padre de dos hijos de menor edad, un niño de dos años y medio (Alois) y una niña de un año y dos meses (Angela) para los cuales necesita urgentemente de una persona que pueda cuidarlos, puesto que por su cargo de aduanero se ve obligado a pasar muchos días e incluso noches fuera de su casa y por lo tanto no puede cuidar ni vigilar la educación de sus hijos. La novia ha asumido ya el cuidado de los niños a la muerte de la madre y les ha mostrado siempre un gran afecto, de modo que no parece existir ningún obstáculo para que atienda al cuidado y a la educación de los niños y, además, haga de este un matrimonio feliz. Además, la novia no dispone de bienes de ninguna clase y, por consiguiente, no se le ofrecería tan pronto otra oportunidad como ésta para contraer un matrimonio decente.
“Apoyándose en estas causas, repiten los humildes signatarios su ruego que les sea concedida la dispensa del mencionado obstáculo de parentesco.
Braunau, 27 de Octubre de 1884

Alois Hitler, novio.
Clara Pölzl, novia.
El árbol genealógico que fue adjunto a la solicitud es el siguiente:


Johann Georg Hiedler hermano de Johann Nepomuk Hiedler

Alois Hitler, hijo de Johann George

Johanna Hiedler (Casada Pölzl), hija de Johann Nepomuk

Clara Pölzl. hija de Johanna Hiedler


El obispado de Linz contestó que no estaba autorizado a conceder dicha dispensa y que transmitía la solicitud a Roma, desde donde mandaron la correspondiente autorización.
El matrimonio de Alois Hitler con Clara es descrito por numerosos conocidos en Braunau, Passau, Hafeld, Lambach y Leonding, que frecuentaron la familia, como un matrimonio feliz, lo que seguramente se debe única y exclusivamente al carácter dócil y sumiso de la mujer. En cierta ocasión me dijo a mí a este respecto: “Mi matrimonio no ha sido aquello que una joven muchacha espera y desea del mismo”, y luego añadió, resignada: “Pero, ¿quién tiene esta suerte?”
A esto se añadió la carga moral y física de aquella delicada mujer por los rápidos partos: en el año 1885 nació Gustav, en 1886 una hija llamada Ida, que murió también a los dos años, en 1887 otro hijo, Otto, que murió a los tres días de haber nacido y el 20 de Abril de 1889 otro hijo, Adolf.
¡Cuánto dolor de madre se revelaba en la escueta enunciación de estos datos! Cuando nació Adolf habían muerto ya sus tres her manos Gustav, Ida y Otto. ¡Con qué preocupaciones debió la madre seguir, día por día, el crecimiento del único hijo que le quedaba! Me contó, en cierta ocasión, que Adolf había sido un niño muy débil, de forma que siempre había temido que también perdería a éste. Comprendí perfectamente los sentimientos de aquella mujer, puesto que también mi madre había perdido a tres de sus hijos a temprana edad y siempre estaba atemorizada por lo que le pudiera suceder al cuarto.
Tal vez se debía la causa de la muerte temprana de aquellos tres hijos procedentes del tercer matrimonio de Alois Hitler, al hecho de que fuera un matrimonio entre parientes. Este juicio lo dejo, empero, en manos de los entendidos. Pero sí quiero llamar la atención sobre un hecho que, en mi opinión, es de gran importancia.
La característica más notable en el carácter de mi amigo de juventud era, en mi experiencia personal, la increíble consecuencia en todo lo que decía y hacía. Había algo en su modo de ser seguro, fijo, inconmovible y obstinado que manifestaba hacia el exterior en la gravedad y seriedad de su expresión y que constituía la base sobre la cual se desarrollaban sus demás peculiaridades. Adolf “no podía zafarse de su piel”, como decimos los alemanes. Lo que yacía en él, quedaba invariable para siempre más. ¡Cuántas veces tuve ocasión de comprobarlo! Recuerdo unas palabras que me dijo en el año 1938, treinta años después de no habernos vuelto a ver: “Usted no ha cambiado, Kubizek, sólo ha envejecido.” Estas palabras, fueron definitivas para mí. En realidad, estas palabras valían con respecto a él mismo. Jamás cambió.
He buscado una explicación a este rasgo tan fundamental en su persona. Las influencias del medio ambiente y de la educación no cuentan apenas en este caso. Pero sí me imagino, a pesar de que soy un ignorante en todo cuanto hace referencia a los problemas de herencia y biológicos, que debido a especiales constelaciones en la herencia de este matrimonio entre parientes fueran fijados determinados aspectos y estos “complejos retardados” provocaran precisamente aquel cuadro de carácter tan típico. En el fondo era este modo de ser lo que llenaba con tantas preocupaciones a su madre.
Una vez más el corazón de la madre sufrió un rudo golpe. Cinco años después del nacimiento de Adolf, el 24 de Marzo de 1894, dio la madre a luz a un quinto hijo, Edmund, que murió también cuan do todavía era niño, el 20 de Junio de 1900, en Leonding. En tanto que Adolf no poseía el menor recuerdo de los tres hermanos fallecidos en Braunau y nunca hablaba de ellos, recordaba perfectamente a su hermano Edmund, ya que tenía once años cuando murió aquél. Me contó, en cierta ocasión, que su hermano Edmund había muerto de difteria. Por el contrario, continuó con vida la menor de todos, Paula, que nació el 21 de Enero de 1896.
De sus seis hijos había perdido Clara Hitler ya cuatro a muy temprana edad. El corazón de la madre jamás se volvió a recuperar de estos rudos golpes. Sólo restaba algo: las preocupaciones por los dos hijos que habían quedado con vida, preocupaciones éstas que a la muerte de su esposo reposaban sólo sobre sus propios hombros. Un débil consuelo lo representaba el hecho de que Paula fuera una niña tan dócil, pero tanto mayores eran los temores y preocupaciones que la dominaban con respecto a su único hijo, Adolf, unos temores y preocupaciones que sólo terminaron a su muerte.
Adolf amó mucho a su madre. Lo declaró ante Dios y el mundo. Recuerdo muchas ocasiones en que hizo gala de este amor hacia su madre y, sobre todo, de un modo conmovedor cuando ella estuvo enferma. Siempre que hablaba de su madre lo hacía con palabras de profundo amor hacia ella. Fue un buen hijo. El que no pudiera ver realizado su ansiado deseo de proporcionarle una vida más segura y estable, esto estaba más allá de su voluntad personal.
Cuando vivimos juntos en Viena, llevaba siempre el retrato de la madre enmarcado en un medallón. En su libro Mein Kampf aparece la muy significativa frase: “Adoraba a mi padre y amaba a mi madre.”


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